La educación en la escuela: llenar las cabezas, vaciar los corazones.


Alex

La educación en la escuela tiene su utilidad en muchos sentidos, pero no nos prepara para algunas situaciones de la vida que forman parte de la vida tanto o más que las asignaturas establecidas, porque somos algo más que datos: números y palabras. Somos emociones y sensaciones, nos marca más el cómo nos tratan que el qué nos cuentan ¿Quién no recuerda a aquel profesor o compañero que nos hizo sentir especiales o aquel que nos humilló y nos hizo sentir pequeños? Esos recuerdos y esas vivencias nos acompañarán toda la vida, tanto como lo harán las matemáticas y la lengua. Y educarán nuestra manera de enfrentarnos a los problemas, nuestras relaciones, nuestra confianza y hasta nuestras ganas de vivir, en fin, el cómo nos movemos por la vida.

Con esto, no digo que todo sea negativo en los planes de educación actuales, ni niego la importancia de las matemáticas, la lengua o la física, lo único que quiero hacer notar es que hay otras cosas que son muy importantes y lamentablemente la educación formal no se ocupa de ellas en absoluto. No sé si volveremos a hacer un logaritmo después de acabada la escuela pero lo que sé seguro es que tendremos que relacionarnos y que la autoestima y la manera de enfrentar nuestras emociones nos convertirán en personas felices o, por el contrario, estaremos siempre en una batalla contra el mundo.

Tal vez no estaría de más volver a dar un enfoque al sentido general de la educación en el que veamos a los niños como un todo, inteligencia práctica e inteligencia emocional, memoria y emoción, para que los niños además de saber lo que es una ecuación, puedan también desarrollar habilidades para saber enfrentarse a aquellos problemas que les van a provocar los peores dolores de cabeza a lo largo de sus vidas.

Muchos años en el trabajo con niños me ha hecho descubrir que existen niños tristes y deprimidos, y sin una buena guía, a un niño le resulta muy indigerible la tristeza. El acoso escolar, por ejemplo, deja cicatrices muy hondas. Sin embargo, si dedicamos tiempo y recursos a enseñarle a los niños los efectos de ‘humillar’ al otro, no sólo prevenimos la tristeza y dolor que se quedará ya para mucho tiempo, tal vez incluso para siempre, como compañero incómodo en el niño que lo padece, también ayudamos al resto de compañeros (acosadores y testigos pasivos) a tomar conciencia de las consecuencias de sus actos en otros. El resultado sólo puede ser una sociedad más amable y más consciente. Sorprende ver lo bien que responden los niños a las charlas que se van a dar con esta temática donde se les muestra el efecto en las víctimas, igualmente cuando se trata de educación vial, prevención para la salud, etc. Hace poco, me contaba un conocido que quedó en silla de ruedas tras un accidente de moto y daba charlas en el instituto para contar su experiencia, que estaba seguro de haber evitado más de cien futuros accidentes. Y era sólo por ver las caras impresionadas de los adolescentes ante algo que ni se plantean, la sorpresa del giro que te puede dar la vida si eres insconciente ¿Hay mejor regalo que este? ¿hay algún conocimiento que pueda superar al querer cuidarte y no arriesgar tu vida?

Hay tantas cosas que tuve que aprender sola y de las que nadie me habló: aprender a manejar las propias emociones, resolver conflictos, a enfrentar el rechazo o la crítica, a elaborar una pérdida, etc. Algunos pensaréis que al final todo lo aprendemos solos y, así es, pero me habría hecho tanto bien escuchar a los que lo pasaron primero.

Un maestro/a sensible conversará a veces acerca de estos asuntos con sus alumnos. Pero tendrá que hacerlo en el limitado tiempo que queda después de todo lo que tiene que enseñar de la programación. No habrá un tiempo dedicado a ello, y a lo que no le da nombre y no se le dedica tiempo, simplemente no existe.

Algunos pensaréis que esta responsabilidad es de los padres, que estos conocimientos deberían aprenderse dentro de la familia. Pero no todos los padres pueden transmitir adecuadamente estas habilidades porque en la mayoría de los casos ellos mismos no han terminado de aprenderlas. Aún recuerdo un amigo que me decía que no podía llorar porque su padre le había repetido en incontables ocasiones el famoso ‘Los chicos no lloran’. Y cuando estaba triste, se notaba como una olla a presión sin posibilidad de escapes. Hace tan solo treinta años, las emociones eran cosas de chicas y de débiles, ¿de verdad puede estar idea hacer crecer individuos felices y sanamente desarrollados?

En definitiva, la inteligencia emocional agrupa al conjunto de habilidades psicológicas que permiten apreciar y expresar de manera equilibrada nuestras propias emociones, entender las de los demás, y utilizar esta información para guiar nuestra forma de pensar y nuestro comportamiento. Y con ella, superaremos rupturas, conseguiremos buenos ambientes de trabajo, tendremos relaciones sanas, amaremos y sufriremos, pero sabremos guiarnos por la vida. Reiremos muchas veces y lloraremos cuando toque y, al final, serán esos momentos los que formarán el mapa de nuestra vida.

Volviendo al título del principio: un corazón que late fuerte, unas emociones bien integradas guían una cabeza llena de conocimientos, y crean adultos capaces pero también felices.